Uno y unico

Por: Nelson Herrera Ysla

La historia del arte contemporáneo contiene una significativa cantidad de artistas cuyas trayectorias no transitan por academias o cualquiera de los innumerables y múltiples centros de aprendizaje y entrenamiento acerca de las artes visuales. Para la historiografía y la crítica, a la hora de evaluar su presencia o vigencia, aparecen consignados muchos de ellos como primitivos, näif, ingenuos, en bruto y tantas acepciones más que responden más a los procesos de formación y evaluación tradicionales que a una valoración lógica del talento verdadero y su contribución a los procesos estéticos en desarrollo. Lo curioso resulta que, querámoslo o no, la relevancia de estos artistas en el panorama cultural de cualquier país donde hayan nacido y vivido deviene imprescindible a la hora del análisis de la producción simbólica local e, incluso, global. Etiquetarlos de esas maneras u otras es apropiado, principalmente, para recuentos, catálogos y eventos especializados. No creo lejano el día en que consideremos la posibilidad de eliminar tales denominaciones y reconozcamos definitivamente esta raza de creadores únicos, liberados del canon, raras avis, distantes de los estremecidos y difusos territorios de los géneros artísticos en el siglo xxi, en tanto componentes legítimos de cualquier apreciación y valoración de la visualidad contemporánea.

En medio de unos y de otros, Víctor Alexis Puig (La Habana, 1966) aparece a caballo entre aquellos signados por la formación académica rigurosa y aquellos surgidos al azar o, como se dice vulgarmente, a la buena de Dios. Este artista, por momentos, nos hace dudar de sus reales orígenes, formación y trayectoria pues cada obra suya nos enfrenta al misterio insondable de la creación, ese que nadie ha podido desentrañar del todo. ¿Posee una mano experta y bien entrenada la que guía y en rumba la superficie del espacio pictórico o se trata de palos de ciego orquestados a pura intuición y voluntad? Como si se hubiese dispuesto orquestar en sus obras un constante desafío a nuestros conocimientos y experiencia, a nuestra mirada adiestrada en diversos espacios y confines del mundo dentro y fuera de los confines propiamente asignados al arte, Víctor Alexis tiene esa insólita virtud de inquietarnos más allá de los límites canonizados por la historiografía y variados saberes, de obligarnos a repasarla propia historia del arte contemporáneo y, en especial, la pintura pues precisamente en ella y desde ella hemos visto surgir tantas modulaciones y transgresiones de lo figurativo y lo abstracto a lo largo del siglo XX.

Trabajar cansa, acrílico sobre lienzo, 190 x 140, 2011
Trabajar cansa, acrílico sobre lienzo, 190 x 140, 2011

Se alza ante nosotros como un fenómeno singular en el arte cubano producido en los últimos 10 años, cuando se abrieron numerosas puertas y ventanas para permitir la entrada de lo enarbolado e impulsado por importantes artistas europeos, americanos, asiáticos y africanos (dentro y fuera del mainstream) gracias a intercambios de todo tipo, a viajes exploratorios e invitaciones de nuestros artistas por multitud de eventos en el orbe, desde bienales y ferias pasando por exposiciones individuales y colectivas, residencias, talleres, y una creciente navegación por revistas y autopistas digitales.Gracias a ello, los artistas cubanos se estimularon saludablemente para revisitar sus tradiciones a lo largo del siglo XX cuando se definieron las vanguardias cubanas en determinados momentos de los años 30 y los 50 hasta culminar en década explosiva y prodigiosa que fue la de los años 60 en nuestra isla y en gran parte del planeta. De ahí que los artistas cubanos, de tiempos recientes, incorporan más que antes todo lo universal producido en cualquier contexto como forma de desarrollar sus propias visiones del arte y la vida, liberándose de ataduras y prejuicios, de límites, coordenadas.

De tal energía y pasión se ha nutrido Víctor Alexis desde que se asomó y decidió explorar el enmarañado bosque de las artes visuales, a partir de sus 39 años, cuando un neoexpresionismo vigoroso (de ascendencia alemana que tiene en Baselitz, Penck, Inmendorf a algunos de sus mejores exponentes, y otros artistas europeos como Ensor, Münch) irrumpe en la escena cubana hasta entonces dominada en parte por el conceptualismo y el minimalismo proveniente de los años 80. Como un connotado y tardío outsider, y sin haber pisado aula alguna para aprender el arte tal como nos lo han enseñado siempre, se desprendió de ligaduras intelectuales y trabazones ideológicas, de coerciones artísticas para asumir raptos de inspiración y creatividad surgidos desde lo más profundo de su corazón(por momentos cercano a Francis Bacon en cuanto al modo de aplicar el color sobre telas y cartulinas) pues andaba liado con asuntos de ingeniería de radio y comunicaciones electrónicas, bien distante de óleos y pinceles, de lienzos y cartulinas, tendencias y manifiestos encendidos, galerías y museos, estilos y culturas. Las “señales” artísticas y estéticas le llegaron de pronto un día(más tarde de lo que habitualmente ocurre con los artistas cubanos, tan dados a una precocidad irrefrenable) gracias a un ambiente propicio en esta isla de Cuba dada a la cultura en todas sus conocidas y sorpresivas expresiones. Filtradas, además, por una rica sensibilidad que nada tuvo que ver con cables, fibras ópticas o códigos encriptados que pueblan por lo general el mundo de la ciencia y la tecnologíaen el que se había formado tempranamente.

Con naturalidad inefable supo absorber el maremágnum de cultura visual de su país e incorporarlo a su vida sin contradicciones ni ahogo, sin profesores ni tutores, sin referencias intimidatorias salvo lo emanado de sus afectos y emociones aunque sintiera por momentos en su rostro el viento indescriptible de la agonía y el desasosiego (como solía ocurrirle a Fernando Pessoa con su poesía contenida y densa) tan caro a los creadores.

Para Víctor Alexis todos los caminos de la creación le conducen a representar una suerte de comedia humana donde se perfila una significativa variedad de malestares de la conducta individual:desidia, temor, enajenación, dolor, agonía, drama, desorden, extravío, transitan por sus personajes desproporcionados y distorsionados, donde lo social es relegado a una línea del horizonte sumamente lejana y casi perdida. No asume ningún tópico de denuncia o crítica de la sociedad pues sus personajes se hallan demasiado atormentados con sus vidas, destinos, con su sola existencia sobre la tierra.

A partir del año 2005 este artista decide encarar la vida a través de la pintura, como un fatum que lo lanza a la soledad de la creación sin interesarse en exhibir o tocar a las puertas de críticos y teóricos. Sus temas y asuntos rondaban la puerta de su casa sin necesidad de buscarlos demasiado lejos, en medio de una sociedad en transición y en la que el sistema de valores morales, ideológicos, espirituales, tambaleaba de año en año a la luz de situaciones económicas adversas, irritantes, peliagudas, propicias y decididas a invertir y descolocar las estructuras que la sostenían durante más de medio siglo. El contexto peliagudo imperante contribuía a enfatizar malestares individuales, a desordenar y endemoniar conductas hasta entonces estables y, al parecer, duraderas en el tiempo. Los desajustes emocionales saltaron a la luz pública y se hicieron viral en un entorno agreste, difícil, dominado por duplicidad de monedas circulantes, desproporciones alarmantes en los niveles de vida poblacionales, carestía creciente del valor de las mercancías, persistencia del racionamiento de productos básicos y escasez periódica de muchos de ellos, deterioro físico de barrios y ciudades a lo largo de la Isla, fuga de talentos mayormente jóvenes hacia otras partes del planeta en busca de oportunidades mínimas y horizontes más claros y cercanos.

Desde esa contenciosa agonía alzan el vuelo sus demonios interiores para poblar lienzos y, sobre todo, cartulinas fabricadas por él ante la imposibilidad de adquirirlas en un mercado local desabastecido de artículos para la producción artística. Estados de ánimo alterados y generalizados promueven en él una obra densa, grumosa, de sacudidas febriles a la conciencia del espectador y de él mismo, plena en acumulaciones emocionales dispuestas a liberarse en el espacio bidimensional de la pintura.

No le preocupa la expresión de una determinada identidad cultural o social sino el aliento desgarrador del silencio, de la soledad total en la que habitan sus personajes. Paradójicamente sus obras contienen la solemnidad de lo contemplativo y el llamado a la acción interior de cada uno de nosotros.

Algunos de estos fundamentos asumidos por Víctor Alexiscentraron la atenciónde una de las últimas promociones de artistas cubanos surgidos a inicios del siglo xxi pero, a diferencia de ella, este artista no comulgaba con la ligereza o frescura de esa actitud colectiva en sentido general, o suconsciente rechazo a pretensiones ideologizantes, utópicas y políticas que insuflaron muchas de sus obras. OdeyCurbelo, Orestes Hernández, Osvaldo González, Yeremy Guerra,Noel Morera, Maikel Domínguez, Lester Álvarez, Lancelot Alonso, Alberto Lago, Carlos Ernesto García, Daniel López, entre otros, protagonizaron cambios interesantes en el panorama pictórico nacional a partir de desmarcarse de lo canonizado por la crítica y la mayoría de las instituciones encargadas de promover las artes visuales, y cansados ya de retóricas estéticas de establecido prestigio y legitimidad. Proclives a cultivar un cinismo y una agresividad poco usuales en el arte cubano contemporáneo de fines del siglo XX, esos creadores se vieron libres de toda sospecha, aliviados del peso de la tradición y recelosos de las formas con que hasta esos momentos los artistas cubanos reconocidos construían sus discursos y lenguajes estéticos.

Víctor Alexis miró hacia otro lado, más bien adentro del ser humano sin ocuparse de enfrentamientos, posiciones, luchas y acciones que no fuesen otras que las libradas en el interior de cada hombre y mujer por librarse del exceso de demonios que todos llevamos dentro por las causas o las razones que fuesen. De ahí que su obra se siente cercana a la que en los años 60 del pasado siglo realizaron Antonia Eiriz, Umberto Peña, y más atrás Fidelio Ponce de León quienes revelaron, de manera implícita, trasfondos sociales intensos en su época. En ese sentido es un artista de este tiempo convulso y plagado de padecimientos humanos, donde parece no haber límites para el desencanto y la desilusión, la incomunicación y la incertidumbre.

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Voces del Silencio

“ Crear como un dios, ordenar como un rey, trabajar como un esclavo.”

Constantin Brancusi

 

Voces del silencio, óleo sobre lienzo, 2017
Voces del silencio, óleo sobre lienzo, 2017

Alexis Puig es un artista plástico, donde el dolor de su carga emotiva, no cede ante a la expresividad. ¿Será posible unir lo útil, lo necesario con el dolor humano en la plástica? Cualquier respuesta va invadida de la sensibilidad que colma su vida. Es un hombre al que el arte salvara de sus problemas de salud según sus palabras, para convertirse en un ser de todos y de los capaces de seguir adelante, amén de pérdidas.

Su vida se convirtió en una línea recta con un único objetivo: el trabajo. Y el trabajo –hasta la fatiga- es meta ilimitada, porque “nada se compara con el placer de dejar plasmado en el lienzo sus sentimientos”, como le retratara el crítico y gran Rufo Caballero. 

He ahí las razones de que su obra esté habitada por el dolor humano, como voces del silencio en la creación. La denuncia a la indolencia humana, a lo inmisericorde, a la inconsecuencia son afligentes placenteros en la pupila de un espectador que aprende de sus despedidos vergonzantes. Es su obra un estado que cruje e irradia al unísono: colmo de la gravedad, para fijar en esos rostros participación y desdén. Al exaltar las miradas desde el lienzo, resguarda el puente de humo que une el hogar, la decepción y el minuto eterno de crear en paz. Ese donde el silencio no espera a los que ceden, ni impone etiquetas. 

Podría sonar extraño, pero no caracterizan la obra de Alexis ni los post, ni los neos, de tanta proliferación actual. Solo es una ventana desafiante en el ámbito figurativo, como fenómeno vinculado a encontrar soluciones en la autonomía de la pintura y la consideración disciplinar del soporte. 

La energía emocional de sus violencias cromáticas, da coherencia a la propia relación arte-vida. Todo parece gritar sí, fui al infierno, viví en mi infierno y de allí volví. 

Con práctica y sí mucha entrega, Alexis no hace concesiones con él: es su primer crítico y el más exigente espectador. 

Su obra, en fin, es una tarea épica, donde no se guarda nada para el regreso, solo es un viaje de ida, sin reservas. Es un gozo a la constancia, a esos pequeños lapsos de fatiga donde él se dice que no es el final, aunque el fin de año solo dura un segundo. 

Desde la singularidad rara y apasionante, Van Gogh nos enseñó que El arte es el hombre añadido a la naturaleza, la realidad, la verdad, pero con otra significación, con un concepto, con un carácter, que el artista hace resurgir y a los cuales él da expresión, destaca, separa, liberta, ilumina.” 

Eso responde las interrogantes de porque Alexis demuestra en pinceladas que aunque trabajar cansa, no importa, mañana será otro día.

Lic. Duniesqui Rengifo

 

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Quien busca encuentra

Quien busca encuentra, 200 x 180 cm, óleo sobre lienzo, 2016
Quien busca encuentra, 200 x 180 cm, óleo sobre lienzo, 2016

Quien busca encuentra es el título del óleo sobre lienzo que también da nombre al proyecto expositivo del reconocido artista contemporáneo Víctor Alexis Puig López nacido en la Habana (1966).

¿Pero quien es verdaderamente y donde nace el artista?

En el año 2005 se iluminaron sus ojos (como cuando sonríe) y en el silencio del asombroso decidió abandonar su profesión académica de ingeniero de radiocomunicación para dedicarse al arte – su auténtica y primaria vocación – y asi, en el renacer, dar sentido a su vida, redescubrirse asi mismo en la gestualidad de sus trazos y manchas de color armónicos ,,, en el expresionismo figurativo.

Sin saber cómo, ni porque, pero queriendo nos muestra con la avidez del subconsciente y con virtuosidad lumínica, figura o retratos de abstracción lírica que evocan suspiros en su calidez. Y entonces, con asombro, que nos miran para revelarnos algo trascendental ,,, quizás, el amor o la ternura.

No cabe duda que la singular obra de Alexis, expuesta también con gran éxito en EEUU, Australia, Suiza y Malasia, entre otros países, le sigan haciendo merecedor de que los coleccionistas se interesen en su adquisición y que Alejandro Vaquer haya apostado por su mecenazgo decidiendo iniciar su periplo europeo y mundial desde la Galería MovART de Madrid.

Ortiz Balderrama

(Comisario exposiciones)

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Lienzos de fiesta para cosas pensativas

“Y entonces, alma mía, sé ancha y ancha,

que te alcance la vida;

ensánchate como un traje de fiesta

sobre las cosas pensativas.”

Rainer María Rilke (1875-1926)

 

Fuerza mayor, 200 x 250 cm, óleo sobre lienzo, 2017
Fuerza mayor, 200 x 250 cm, óleo sobre lienzo, 2017

Alimentar el alma, con el arte que traspasa fronteras, en muchas ocasiones es atrevida acción de desconocer mataburros. Se satisface ese hambre con la burlesca sinonimia de buscar y encontrar, diversión y sentido,  jolgorio  y conciencia…No en balde, descubrirse degustando reflexiones es un desasosiego constante de mi generación, siempre en el empeño de percibirlo todo desde el filo del abismo: guerra o paz, petróleo o agua, ética o ironía, la otredad o yo. Y desde ahí, desde ese mensaje plurisingular plasmado del autor, las artes plásticas a menudo obsequian un oasis de visualidad contemporánea y marco físico que ahora, la Galería Movart, ha asumido desde el 25 de mayo al 1º de julio.

Para disolver límites entre tradición y subversión, tenemos la magnífica oportunidad de la exposición Quien busca encuentra, mediante obras que plantan diálogo con posibilidades comunicativas, desde aquellas sustancias específicas de Alan Kaprow. Lo obvio no está en desnudeces y poses, si como irrebatible saboreamos el señalamiento de incongruencias del discurso sociocultural liberador, ya expoliado y críptico.

Con singular excelencia de lo cromático, Victor Alexis Puig (Valpuig, 1966) hace gala de un expresionismo que sortea toda trágica resolución con la espátula colectiva. Hay alegría en mi búsqueda. ¡Él pensó en nosotros y estamos ahí! Sí importan introvertidos, depravados, sinceros, hipócritas, neuróticos y moralizantes. Textura y manchas, participan de una escogencia inclusivista que no puede alejarse de lo controvertidamente ético del mapa social universal. Por eso, detenerse ante Trabajar, cansa o la pieza que otorga título a la muestra, revela una fuerza simbólica que estableciendo empatías, analogías y equivalencias nos cuestiona procederes y matrices. El aguzar esas miradas, -o dobles miradas- generando múltiples lecturas -más allá de modelos y otras barreras-,hace distinguir esa síntesis culturológica de identidad caribeña que catapulta cuestionamientos.

Miedo,160 x 197 cm, oleo sobre lienzo, 2016

Para nada es criticable que los conocedores de la obra, sigan encontrando pupilas con soledades voluptuosas, pues el dilema de la relación del hombre con su propia condición humana lleva la responsabilidad también, de suspiros multiplicados en joyas y arrojos lúdicos en la bidimensionalidad de una moraleja. Este hecho artístico, nos dice una vez más que reconquistar “la utopía no ha de ser tan sólo reivindicar el derecho a soñar un mundo mejor sino también” tener en cuenta su imaginario subversivo, como aseverara Adolfo Colombres. A priori, los múltiples indicios etnoculturales de género y ancestros, habitan cada corredor.

No niego, la comunión de espíritu con semejantes, pero el carácter aséptico de estas intervenciones, desde un expresionismo casi olvidado, renueva tarjetas de presentación sin negar lo ingénito del dibujo, la espontaneidad y la naturaleza dinámica. Increíblemente, óleo y acrílicos en la inacabable paleta de colores no se contraponen y ni desprecian el detalle, logrando ser el complemento de un acierto psicológico en cada obra.

He ahí que la conocida periferia, no apena mostrar ser feliz pero con su perspectiva flexible; más bien la articulación de sus disímiles interpretaciones es distintiva en grandes formatos de hasta dos metros. Agradezcamos ¿por qué no? que estas desacralizaciones, movilicen entornos, contextos, conflictos y bonanzas sin perder lo analítico, lo crítico y también el goce que nos resignifica.

Y no se detiene el artista en crecer lienzos, deja puntos de continuidad en montajes circulares como estado de inquietud que manifiesta un poder de síntesis. Casi rematando un final inexistente, halagamos una curaduría en busca de acercar los límites arte/vida desde superposiciones y convivencias de lo que queremos ser y lo que somos en realidad.

Sin dudas, asistir a la calle Conde Duque 28 de Madrid, es encontrar si se está buscando las marcas de lo híbridamente feliz para pensar, es hallar las pautas para lo mutante entre lo humano y lo animal, sin dejar de ser sobrio y austero.

Lic. Duniesqui Rengifo

 

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Otras prácticas del abandono

Cicerón: El silencio es la mayor elocuencia.

Por: Héctor Antón Castillo

A plena voz, acrílico sobre lienzo, 130 x 150 cm, año 2008
A plena voz, acrílico sobre lienzo, 130 x 150 cm, año 2008

Uno de los rasgos distintivos del panorama visual cubano en la última centuria reside en que los artistas maduran temprano. Es increíble la habilidad manipuladora que caracteriza a jóvenes alpinistas con los pies bien puestos sobre la tierra. Lo que requiere la urgencia de comenzar a tiempo para luego intentar hacerse visible en la jungla de “coartadas sin escrúpulos” que es el arte contemporáneo. Otro aspecto decisivo es la influencia de la enseñanza artística. ¿Quién podría negar el legado vigente del ISAcentrismo impugnado décadas atrás por Tonel como un nocivo prejuicio contra todo lo que exceda el marco académico? Moraleja: aunque te consagres a pintar monos sin acrílico, lienzo y pincel, sería preferible estar en una escuela de arte soportando una tediosa clase de filosofía marxista-leninista antes que vagar por la calle soñando con Basquiat metido en un latón de basura y una novela de George Orwell bajo el brazo.

Contra la postura radical de que el arte no se enseña aunque pueda aprenderse, persiste otra evidencia: las escuelas de arte de la ínsula poseen la virtud de brindarle a los vivos la malicia de articular una metodología de producción visual y una estrategia. Dichas herramientas resultan necesarias para asechar el mainstream hegemónico desde la periferia.

Víctor Alexis Puig (La Habana, 1966) es un caso atípico en este sentido. Llegó tarde a la pintura, brincó por encima del Instituto Superior de Arte y quizás nunca se haya leído uno de esos contenidos imprescindibles para llegar a ser un reconocido artista contemporáneo. Su imaginario se configura a partir de una transición inevitable: ese momento en que los obstáculos del camino detienen nuestra marcha y nos indican una pausa como sinónimo de cambio. Desde ese instante en que se le reveló su auténtica vocación, el Ingeniero en Radiocomunicación de Naves Aéreas empezó a pintar sin un gurú que le iluminara la senda propicia. No por otra razón sus lienzos plasman el saldo de una experiencia humana donde las sofisticadas poses intelectuales brillan por su ausencia. Después del silencio como ejercicio de saludable abandono, Víctor Alexis emprendió la también callada tarea de ilustrarlo en formas y colores matizados por una contención agónica. A pesar de tanta vigilia y castigo silente, la mortificación que emana de sus equívocos morales irrita por cuanto se esconde tras los bastidores de la denuncia.

A plena voz (dic 2008-enero 2009) es su más reciente muestra personal exhibida en el Centro Cultural Cinematográfico ICAIC. Este título paradójicamente enfático sirvió para aglutinar una serie de rostros incapaces de asumir el riesgo de afirmar nada. Un hombre que grita hasta romperse la garganta sin percibir el eco de la célebre imagen de Edvard Munch. El hablador con rasgos humanoides que trueca las muecas en palabras sin remordimientos de conciencia. Tres mujeres con el dedo índice a la altura de los labios señalando el momento justo de tragarse las palabras. Un calvo sin un pelo de tonto suspendido en el espacio pictórico como una fantasmagoría inútil.

Otra vez la impotencia como arquetipos contextualmente alegóricos: la necedad y lo prohibido, el cansancio y la duda, el coro virtual de la indiferencia y la resignación como hecho consumado. Tantos lugares comunes en el desvarío psicosocial contemporáneo logran esquivar la impostura conceptual mediante un vigoroso ardid: potenciar la sensación por encima de la idea. Porque las ideas recreadas por Víctor Alexis se presentan como “estados de ánimo” dictados por el afán de racionalizar intuiciones premeditadamente cínicas, valiéndose del color como recurso que genera la ironía formal.

La subjetividad emocional es uno de los hallazgos en la figuración expresionista de Víctor Alexis. Su pintura nunca celebra el triunfo arrollador de los clásicos. Esa “humilde soberbia” implícita en sus imágenes consiguen marcar una distancia de ese eurocentrismo tropicalizado que raras veces deviene una apropiación orgánica. Evasivos en apariencia, los lienzos de A plena voz contienen la esencia de un trasfondo social dramático. Claro que hay mucha tristeza en estos rostros sin brazos ni piernas dispuestos a fulminar la prolongación de la inercia. Una tristeza casi melancólica que, por momentos, evoca la tragedia costumbrista crucial en el expresionismo picaresco de Pedro Pablo Oliva.

No todas nacieron ángeles (2008) sintetiza el vacío identitario del fracaso. ¿Quién será esta mujer con la cabeza recostada a un mechón de cabello que le acaricia un lado del cuello? ¿Una mediocre cantante pop, una matahari o una pobre diabla cansada de rentar un cuerpo sin alma? Ya lo advertíamos: aquí no importa reconocer la individualidad del sujeto. ¿Acaso merecen ser identificados con nombre y apellido ciertos egomaníacos del mundillo artístico que postulan reclamos éticos desde una paranoica desfachatez? Las mascaradas de la exhibición comentada ilustran esas dos caras de una misma moneda que se reimprime a sí misma.

El despliegue hierático de Víctor Alexis Puig consiste en practicar el abandono desde un oficio capaz de llenar la soledad del recogimiento como la pintura. Parafraseando a Michel Foucault, se traduciría en algo así como “Pintar para no morir”. Esta propuesta visual tiene la frescura de quien intuye una manera de armar y desarmar entuertos sin padecer el garrote de una impronta referencial. Lo cual implica revertir la orfandad académica en soplo vital. Pero su trayectoria aún es breve. Mientras, aguardamos por una futura reaparición que logre impactarnos como lo hizo A plena voz.

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Legados emocionales de Alexis Puig

Por: Jorge Rivas Rodríguez

La dignidad, 150 x 115 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008.
La dignidad, 150 x 115 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008.

Para interpretar con justeza las creaciones del novel pintor autodidacto Alexis Puig (La Habana, 1966), parte de la cual actualmente se encuentra expuesta en la galería Fresa y Chocolate, debe tenerse en cuenta, ante todo, que el arte es un concepto abstracto, fruto de la conciencia del ser humano, de su obra y de la naturaleza; y cada individuo lo interpreta según su propio sistema de valores, sus vivencias personales y el conocimiento del lenguaje codificado en las pinturas.
Vale recordar que no existe una noción de arte universal, ni un lenguaje universal del arte. Tampoco es extraño “llegar” al arte en una edad “muy temprana” o durante la “adultez madura”; simplemente “se llega” en un momento determinado de la vida, cuando la necesidad espiritual así lo determina y cuando el ejercicio pictográfico es intencional, es decir, se convierte en estructura dinámica que necesita de la interacción activa con el observador.
En los últimos tres años —hasta entonces practicaba la ingeniería en radiocomunicaciones de naves aéreas—, Puig ha concebido una extensa iconografía que prontamente ha interesado a galeristas, críticos y aficionados de la Isla y de otros países. Esa atención seguramente la ha alcanzado por su libertad absoluta en la acción plástica, la cual consuma “a su mejor manera”, con determinada indiferencia por “lo que piensan los demás” y sin engolamiento o pedantería.

Sus cuadros, generalmente de grandes y medianos formatos, están realizados de manera voraz, en un brevísimo tiempo, como si sobre el lienzo febrilmente se concentraran todos sus sentidos y sensibilidad espiritual.
El poder de síntesis en estos trabajos permite comprender inmediatamente la percepción del pintor sobre determinados problemas y características sociales, narrados mediante líneas, colores —generalmente puros y cálidos—, manchas y sugestivos chorreados de acrílicos; técnica asumida con concluyente preferencia por lo grotesco del dibujo, por lo exótico del pigmento y por la crudeza del mensaje —en ocasiones polémico y atrevido—, aunque sin caer ni en lo morboso ni en lo agrio.
En A plena voz; título de la muestra; Puig nos atrapa con su estilo subjetivo, fuertemente expresivo y minimal, resumen pictográfico de la naturaleza y de su entorno vital, cuya energía plástica roza lo caricaturesco e irónico. Como haz temático primario, este pintor se introduce en la fisiognomía — estudio del carácter a través de la fisonomía personal—; para fundar una pintura con marcado sentido lúdico que induce a reflexionar sobre conductas y manifestaciones del hombre —virtuosas o deplorables— mediante la recreación de la apariencia o gestualidad de los rostros dibujados libremente para llevar su alegato más allá de lo representable.

Pieza, titulada Amores de verano (140 x 190 cm). Se trata de un acrílico, sobre lienzo (2008) que acaba de ser seleccionada para participar en el 4to. Concurso de Pintura y Escultura Figurativas, de Barcelona, España.
Pieza, titulada Amores de verano (140 x 190 cm). Se trata de un acrílico, sobre lienzo (2008) que acaba de ser seleccionada para participar en el 4to. Concurso de Pintura y Escultura Figurativas, de Barcelona, España.

Tales presupuestos confieren a estos cuadros un sentido más bien teatral. Las caras concebidas por el artista cobran sentido en la interacción psíquica entre él y el acto mismo de pintar. De ahí la firmeza expresiva de estas obras que, en primerísimo lugar, proporcionan una apariencia puramente óptica, efectista, sobre temas que transitan desde La maldad, La duda, La indiferencia, El cansancio, La Resignación, La Impotencia —entre otros, igualmente identificables en algunos de los títulos—. El ejercicio plástico se transmuta en vehículo de reconocimiento, denuncia y transformación humanas.

En estas piezas existe sencillez máxima. Los rostros miméticos expuestos por Puig se corresponden con personajes bien pensados, diseñados sobre la base de auténticos valores de nuestras cultura e idiosincrasia, al punto de erigirse asimismo en rico y diáfano tratado crítico sobre la psicología de la sociedad cubana de este tiempo. Las fisionomías atrapadas en los cuadros parecen dar sacudidas instantáneas, nobles, sagaces o violentas en una concepción estética que, en última instancia, subyuga lo contemplativo del arte para instituirse en llamado de alerta.
En esa intención son preponderantes la estructuración de las superficies enfáticas y la estilización de las figuraciones —con predominio de las formas planas, voluptuosas y excesivas— de las cuales emergen seres aprisionados en los lienzos para reflejar, además, el deseo del artífice de estar “presente” en cada uno de sus juicios, en los que también “invita” al espectador a introducirse mediante la pureza de los fondos blancos, incorruptibles, donde nos deja espacio para estar muy cerca de la historia narrada por cada uno de sus personajes, en la cual de alguna manera estamos involucrados.
Como en el resto de las iconografías de este creador —muchas de ellas pudimos disfrutarlas en su estudio de Fontanar— en A plena voz hay encantamiento, misticismo y repulsión. Resumen de la vida misma realizado en un lenguaje también simbólico, en el que se entretejen imágenes de carácter armonioso y demoníaco, seductor o frívolo, dramático o apasionado, noble o perverso; convenidos en sólidos conjuntos compositivos que igualmente denotan el paso del aún incipiente pintor por los caminos de la experimentación, la confrontación y la búsqueda de auténticos códigos estilísticos.
En ese desempeño igualmente se observan válidas incursiones por el expresionismo figurativo y la abstracción.
En plena madurez intelectual y física, Puig apostó por un ejercicio de inspiración dentro del complicado universo de la creación plástica. Sus trabajos, en los que también se distingue un comprometido sentido del humor, poseen extraordinaria riqueza espiritual y ética. Son como legados emocionales, o más bien fidedignos exponentes de la necesidad de representar emociones acumuladas, adormecidas durante muchos años dentro de este hombre-artista que se decidió a liberar su gran tensión intrínseca.

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Rumbo a Fontanar

Rostros, desidia e impotencia. Sobre el universo agónico de la incertidumbre.

Por: Píter Ortega Núñez

Si, te vi, 150 x 125 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008
Si, te vi, 150 x 125 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008

Querámoslo que no, el “mundillo” de la plástica (como del arte todo) funciona mucho a base de poses, de arribismos y frivolidades. Si no estás en la “farándula”, no existes, podríamos decir. Y “estar en la farándula” implica ser graduado de una escuela de arte; poseer un curriculum considerable (el cual se puede inflar de una manera asombrosa, eso lo sabemos); tener textos que comenten tu obra enArtecubanoLa Gaceta de CubaRevolución y CulturaArt Nexus, etc., firmados además por críticos de alto nivel y prestigio; ser un artista mediático, con una fuerte presencia en la televisión local; poseer un representante que mueva tu obra con audacia; exponer en Galería Habana o en alguna de las galerías de Génesis… A veces se tiene todo ello y, aunque escasee el talento, el éxito y la fama llegan rápido, sin grandes dificultades. De modo que para triunfar suele ser más efectiva la astucia que la calidad artística. Un creador con una producción valiosa, pero sin las “garras” suficientes para la promoción de su obra, tiene un 80 % de probabilidades de permanecer en el olvido, en el más recio ostracismo. Es una realidad dura pero palpable, constatable en el día a día.

En medio de tales circunstancias, ser autodidacta representa un obstáculo serio. Más aún si se tiene 42 años de edad, y se comenzó a pintar a los 39. Frente a un caso así las sospechas y reticencias del gremio se disparan. Una rara avis, sería la definición más apropiada. ¿Por qué lanzarse a la plástica tan tarde?, la pregunta más recurrente. Justamente eso sucede con el creador que nos ocupa, Víctor Alexis Puig López (La Habana, 1966), Ingeniero en Radiocomunicación de Naves Aéreas devenido pintor a partir del año 2005.

Debo confesar que cuando no había visto ni una sola pieza del artista, y ni siquiera sabía quién era él, me sentí un poco incómodo ante la petición: “¿Píter Ortega?…, mucho gusto, yo soy Víctor Alexis, artista plástico, me han gustado mucho las exposiciones que usted ha curado, y también he leído textos suyos muy interesantes; me gustaría que pasara por mi casa para que le eche un vistazo a mis cuadros”. Honestamente accedí por cortesía, pero con la certeza de que lo que observaría era pura “candonga”. Los críticos solemos ser bastante arrogantes, es la verdad. La egolatría es el mayor defecto de nuestra profesión. Creemos que lo dominamos todo, y cuando escuchamos un nombre nuevo, que no nos resulta familiar al oído, viendo además que se trata de un “temba”, no de un estudiante o un jovencito recién graduado, decimos “¡qué va, si con esa edad yo no lo conozco es porque no tiene una obra relevante!”. Así pensé, ciertamente. Así fui de presuntuoso. Iba en el auto del artista rumbo a Fontanar –su lugar de residencia– sin hablar una palabra, pensando: “qué basura me irá a enseñar este tipo”, “¡ir tan lejos a perder el tiempo!”…

Él, inteligentemente –tal vez porque me leía el pensamiento–, no emitió un solo comentario sobre su pintura; dejó que me enfrentara a sus cuadros sin prejuiciarme con acotaciones al respecto. Al observar el primer lienzo quedé atónito. No tengo palabras para expresar el asombro tan grande que experimenté en ese instante. Cuando esperaba toparme con un par de paisajitos “viñaleros”, melosos, me encuentro con un expresionismo súper agresivo, osado, una pintura muy irreverente, por la misma cuerda de Bla, bla, bla –la expo colectiva que curé en la galería Servando en agosto y septiembre pasados. Trabajos de una pincelada fresca, antiacadémica, con una soltura y espontaneidad impresionantes, y un uso muy libre del color. Formatos grandes, también. Rápidamente me dije: “a este tengo que hacerle una exposición por lo alto, que `suene´ en toda La Habana; y modestia, ¡apártate!”. Nada, que enseguida cambié la perspectiva, y lo que quería entonces era ganarme los puntos del “descubridor”, del que lanzó una figura novel, etc.

La expo

A plena voz es una exposición que nos habla de la incomunicación humana, de la paranoia y la angustia de un sujeto que se sabe a la deriva, extraviado, sin un sistema de referencia fijo, sin un porqué y un para qué que dignifiquen su existencia. Individuos enajenados. Psiquis desarraigadas. Se trata en todos los casos de rostros –en primeros planos– que delatan desidia, abulia, una insatisfacción insalvable. Son seres consternados, que lloran, que sufren de impotencia, que arrojan gritos de desesperación y ansiedad. Seres que dudan de sí mismos, del amor, del privilegio de una rosa. Que habitan el universo agónico de la incertidumbre, de la fluctuación. Miradas que exhalan desconfianza, agotamiento, temor. Una terrible lasitud invade los rostros. En algunos casos, como en “Desvelado”, la mirada es hueca, vacía; al igual que en los lienzos de Modigliani, aquí los ojos no existen, han sido suprimidos. Otras obras versan sobre la falsedad de una oratoria afectada, colmada de dobleces (“El hablantín”); la imposición de una escucha no deseada (“Prohibido”); la indiferencia y la necedad en tanto sentimientos humanos que laceran, que vulneran el pensamiento; o bien sobre la pertinencia del silencio, en tiempos en que la voz del Otro tiende a ser irrespetada, desconocida, no dejando margen a las diferencias, al diálogo que disiente. Para reflejar dichas situaciones y conflictos con mayor claridad, el artista se vale de la desproporción como recurso expresivo: los personajes representados son sometidos a una distorsión física que acentúa la deshumanización que los distingue.

Sin duda la mejor obra de la muestra es aquella titulada “Sí, te vi” (Estoy siendo categórico, lo sé. Siempre lo soy, ese es mi fatum, pero también mi mayor hobby. ¿Qué es la crítica si no un hobby?). Es la pieza más sintética, minimalista se pudiera agregar, la que ostenta mayor economía de recursos, con el fondo completamente plano, neutro, y la figura semiesbozada, inconclusa. Y ya he dicho en varias ocasiones que el “barroquismo” y el abigarramiento son los peores enemigos de la plástica –es la verdad de Perogrullo, está claro, pero en nuestro contexto hay que repetirlo cien veces, mil, todas las que sean necesarias, a ver si nuestros artistas acaban de entenderlo. Así es que, cada vez que me encuentro con obras tan depuradas, las celebro con mucha fuerza, con el entusiasmo que merecen.

Pero las virtudes de “Sí, te vi” no se quedan en el plano formal; conceptualmente es una propuesta aguda, de una sutileza de significados deliciosa. ¿De qué va esa mirada penetrante, inquisidora, turbia, que me hace pensar en “El síndrome de la sospecha” de Lázaro Saavedra? ¿Qué nos dicen esos ojos castradores, esos dedos sobre el rostro? Quizás nos recuerdan la vigencia del panóptico foucaultiano, del vigilar y castigar. Puede que metaforicen ciertos mecanismos de control y dominación intersubjetivos, ciertas relaciones de poder. Solo que es una obra demasiado buena como para dejarse atrapar en una sola lectura. Se me antoja tan polisémica que prefiero dejarlo aquí.

Lo cubano

Hace unas semanas, en uno de los tan provechosos “Inventarios” de la Fundación Ludwig de Cuba, alguien interrogaba al joven pintor Alejandro Campins por “lo cubano” en su obra, a lo que este respondió que puede que no esté visible, pero que eso ni siquiera le preocupa, que él trabaja y punto, el resto le trasciende. Si me preguntaran lo mismo en relación con la obra de Víctor Alexis Puig, también respondería que me importa poco o nada si está o no “lo cubano” en sus telas. De hecho, me atrevería a afirmar que en ellas no hay marcas explícitas de “cubanía”, y eso me parece muy saludable (enseguida me explico, para que no me malinterpreten). Si algo tienen en común Víctor Alexis, Campins y otros jóvenes pintores del patio, es que sus propuestas se apartan de todo estereotipo en relación con el fenómeno de la identidad nacional y su representación en el arte. Ellos se resisten a aceptar que lo local pueda reducirse a una palma real, una mulata bembona y una guayabera. Saben que la identidad es un factor absolutamente inasible, voluble, históricamente cambiante, sujeto a una mutabilidad perpetua, imposible de encasillar en lugares comunes. Especialmente en los tiempos actuales, donde impera el llamado “ciberespacio”, un espacio global / virtual en el que se han transnacionalizado las prácticas culturales, al punto que el concepto mismo de “nación” ha caído en crisis. A fin de cuentas, ¿quién es capaz de definir con exactitud “lo cubano”?. El crítico Gerardo Mosquera ha comentado –con la lucidez que lo caracteriza– que la identidad no es un estado al cual se arriba (no se llega a ella), sino que se trabaja desde esta. En otros términos, no se fabrica “identidad”, esta aflora de manera natural, orgánica. Toda vez que usted es cubano, todo aquello cuanto pinte, esculpa, etc. estará insuflado de preocupaciones identitarias, lo quiera o no. Pero ese es un efecto a posteriori, que no se puede pretender. Víctor Alexis ha comprendido muy bien esto. Sus cuadros pueden parecer muy “europeizados”, “extranjerizantes”, pero son bien cubanos. Y lo son sobre todo porque no se parecen a nada de la pintura insular de este instante. Lo son en la medida en que Cuba, en los albores del siglo XXI, es mucho más que un archipiélago cerrado sobre sí mismo: forma parte de un Occidente que se mundializa a un ritmo prodigioso.    

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Nosferatu y el Doctor Calighari se dan una vueltecita

Por: Arlén Llanio

Sin Palabras, 150 x 90 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008
Sin Palabras, 150 x 90 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008

Mi madre respondió que no le gustaban las pinturas. Yo, siendo justa con el léxico de una carrera que me condena a estructurar sujeto y predicado, sustantivo y adjetivo, sustantivo, adjetivo, adjetivo, adjetivo, quise ser lo más clara posible.

Sin ánimos de extender esta sinrazón madre incomprensiva-hija intelectualmente preparada confieso que el responsable de mi “diálogo” fue Víctor Alexis Puig. Aunque si me pongo  ilustrada pudiera culpar a los alemanes y su neoexpresionismo de avanzada. Solo la cultura  de Nosferatu y el Doctor Caligarhi pudo  engendrar una figuración que el fogaje y lo maravillosamente real del tercer mundo suele tildar de triste y fea. A Baselitz, Penck, Immendorff y otros, el expresionismo de principios de siglo les estaba demasiado metido en sangre como para no reformarlo en esa pintura gestual bestialmente conmovedora.

Unos cuantos no fuimos al rincón el 17 de diciembre. A plena voz fue la exposición que ese día –y contemos un mes más–, ofreció la Galería del Centro Cultural Cinematográfico ICAIC con curaduría de Piter Ortega. Alexis Puig es autodidacta, y este dato que para muchos puede resultar un gancho de “presentación ante sociedad” es, en la práctica, un elemento a tener en cuenta dado la masividad artística de nuestra Isla, o más bien de la capital, donde la guerra es dura en materia de posicionamientos.

Una carrera de solo tres años y 42 vividos. De ingeniero en radiocomunicación de naves aéreas aterrizó como dealer en el mundo del arte para definitivamente intervenir en el oficio pictórico. A plena voz constituye algo así como el arranque, el primer impulso en busca de la palabra reating de  nuestras  listas de éxito: legitimación.

Víctor Alexis ha llegado cuando la pluralidad creadora del patio se hace peculiar. Aún con baches y algún que otro discurso trasnochado, no se puede negar que la producción simbólica contemporánea va apostando cada vez más por una ampliación conceptual donde el referente político y la crítica social reestructuran sus enfoques. Sin pretensiones de validar todo aquello que se aleje de reiteraciones contextuales, no es menos cierto que un lenguaje “internacional”, abierto a referentes que no hurgan directamente en las huellas de la historia del arte cubano, refresca, se agradece.

Una mirada a los lienzos de este artista hace evidente el descubrimiento de dos maneras: el aprovechamiento de la fuerza visual de rostros, que a manera de máscaras se bastan solos para sostenerse (El necioDesvelado; Prohibido), y la anexión  de algún que otro atributo corporal para complementar una infinidad de gestos (Mala lecheA plena voz; Sin palabras, Tiempo de silencio).

Ya sea cubriendo la boca en ademán de silenciar o a ambos lados de la cara delatando asombro, las manos de estas figuras parecen competir con la expresividad de una fisonomía que tiende a la revelación de ciertas maldades y padecimientos humanos.

Sabemos que un rostro puede ser el claro reflejo de subjetividades, lo que a veces nos cuesta percatarnos es que para ello es necesario una especie de congelamiento, un stop que nos asegura la malsanidad o la bondad, la incapacidad o la inteligencia. La vida va enseñando a percatarnos de ello, pero las acciones ayudan, nos alertan con rapidez.

En la realidad artística no sucede así, de la mayor o menor genialidad del creador depende que ese stop sea eficaz. Por tanto, omitir ojos y desdibujar facciones puede ser un riesgo para una acertada creación gestual. Desvelado y El necio se burlan de esta norma y en la aparente pasividad que la oquedad construye, se enmienda esa posible carencia.

Como los rostros de la surafricana Marlene Dumas, Víctor Alexis retira los fondos para registrar emociones, mientras la solidez de la paleta, donde se afianzan los naranjas, se hace aliada de unos lienzos que no acuden a la gigantez en busca de impresiones superficiales en el receptor.  Sin rebuscamientos en los títulos, el autor aboga por una especie de literalidad ajustando cada cuadro a la medida de su expresión.

Casi puede asegurarse que la pintura es, de todas las manifestaciones, la que más se regodea en la autorreferencialidad. Cuando se pensó que ya no daba para más, comenzó no solo a proponer nuevas áreas y formas, sino que detonó su propio reciclaje mediante la apropiación de motivos de la historia artística. Si bien Víctor Alexis se aleja de la resemantización de referentes, un ligero guiño-guayasamín puede especularse de Mala leche y Sin palabras, una cita interesante validada desde la yuxtaposición contemporánea de estilos y representaciones. Mala leche se “separa” del conjunto de piezas al mostrar una visualidad muy peculiar dada su conexión directa al viso artístico.

Sin recurrir a la parodia, los intertextos, el humor, Puig apunta desde una figuración que poco le debe a la tradición pictórica cubana. El trópico no entra ni por los colores, aunque el contexto puede estar… siempre que se quiera ver, el contexto está, si no en la pieza, en la lectura de la misma. Quien me niega que esos rostros que destilan pesadumbre, duda, indiferencia, no puedan verse desde una mirada circunstancial de la Isla, sus padecimientos, el cansancio de la realidad, la decadencia de valores humanos. Más de lo mismo, que no pega, que no va.

A estas alturas hasta me parece que lo del neoexpresionismo alemán está de más, esa nueva expresividad artística, su dramatismo pictórico, fue solo una puerta de tantas que se abrieron para el arte. De hecho se abrió tanto el camino que es capaz de convivir la complacencia con la herejía. Somos afortunados de la pluralidad, siempre y cuando mantengamos cierto recelo, o más bien cierta mirada crítica, agudamente intelectual, como diría mi madre. A plena voz propone que hablemos serio. Por desgracia el calor sofocante nos hace burlarnos del idioma alemán, pero yo sé que ella va a entender. Es solo cuestión de sujeto-predicado; sustantivo, adjetivo, adjetivo, adjetivo…  

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Irreverencias de la soledad

Por Héctor Antón Castillo

He aprendido a nadar en seco. Es mucho más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse, pues uno ya está en el fondo.

                                                                                     Virgilio Piñera

Tomorrow, acrílico en lienzo, 130 x 150 cm, año 2010
Tomorrow, acrílico en lienzo, 130 x 150 cm, año 2010

Los rostros del pintor autodidacta Víctor Alexis Puig recrean los “estados de ánimo” peculiares de una sociedad que avanza hacia renovadas incertidumbres en materia de certezas colectivas y quimeras individuales. Aquí la denuncia reprimida es el gran pretexto que impulsa la factura de lienzos en los que el uso del color resulta un artificio irónico.

Éste cromatismo de notable fuerza expresiva encierra un maniqueísmo vital: las coloridas apariencias de estos personajes “sin biografías ejemplares”, fracasan en el acto de encubrir vidas en blanco y negro que ignoran las trampas del maquillaje dotado para ocultar la esencia. Cualquiera diría que sufren el peor de los castigos: estar privados de simular una existencia destinada para fingir y olvidar. De cierta manera, se articula una pintura imposible de ser absuelta mediante el color y el virtuosismo de la pincelada.

Víctor Alexis es un artista de la actitud, donde las formas nunca llegan a suplantar el contenido emocional de una expresión regida por la impotencia. José Lezama Lima sostenía que “lo lúdico es lo agónico”. Este principio que intenta conciliar la risa y el llanto pierde sentido ante figuraciones replegadas a una alegoría de los contrastes sociales, donde el optimismo mediático de los ciudadanos satisfechos pretende enmascarar la desesperanza de una marginalidad desposeída de confort material y espiritual.  

Esta exhibición persigue “resucitar” a los habitantes de una ciudad simbólica, donde “la bondad de la brisa” acaricia sin reservas a los espantos del silencio.  Aunque de este bullicio sin voces sale a relucir un axioma que deja sin lugar a las palabras que faltan: “Entre el rostro y la máscara está la eternidad”. Solo que la eternidad resulta algo demasiado vasto para tanta angustia aprisionada en miserias existenciales.

La propuesta de Víctor Alexis vale más por cuanto calla que por cuanto otorga. ¿Qué calla? ¿Qué otorga? Nada menos que la nadahistoria vaticinada por Virgilio Piñera que permite a un hombre “vivir como un fantasma entre fantasmas que viven como hombres” –especie de homenaje velado al poema de Fayad Jamís El ahorcado del café Bonaparte. Moraleja: Nadie sabe callar como los muertos en vida.

Víctor Alexis huye del panfleto como epidemia fulminante y consigue librarse con éxito. Sabe que hasta las posturas más radicales pueden resultar tan urgentes o triviales para el espectador. En su manera de pintar la vida, el zorreo simbólico nunca sucumbe al ruido político. Llama la atención el hecho de prescindir de eso que otros fanáticos llaman “consignas emergentes” Y lo consigue aplicándole a la irreverencia un proceso de escamoteo hasta concederle una plenitud de soledades.

A nosotros nadie nos besó, óleo sobre lienzo 150 x 130 cm, año 2010
A nosotros nadie nos besó, óleo sobre lienzo 150 x 130 cm, año 2010

El compromiso por encima del no-compromiso es el soporte ético que respalda esta propuesta. Sin embargo, todo se resuelve en soluciones absurdas: la rebelión del artista se traduce en una galería de sujetos comunes que exhiben ingenuamente su capacidad de renuncia. La imposibilidad vital como detonante de variadas posibilidades pictóricas genera el afán por registrar las secuelas del “vaivén patológico” que aún sobrevive en Cuba. Los trazos y manchas de Víctor Alexis se fugan de la anécdota vulgar, para encarnar en cuadros-sintomas de una herejía que se conforma diluyéndose en una gestualidad casi abstracta.

Estos “actores sociales de reparto y sin glamour” explotan por dentro mientras se tornan vanos los esfuerzos por contener la implosión que ilustran sus rostros. Indiferencia. Vacilación. Perplejidad. Desasosiego. Se trata de una intencionalidad pictórica que prefiere ir a los extremos para marcar la diferencia. Todo para sugerir un repertorio de matices dudosos, pues reflejan un mismo sentimiento: arquetipos de la disfunción total.

Después del silencio responde a una contradicción implacable: afirmar negando y negar afirmando. Aunque el litigio conceptual aflora más allá de la superficie pictórica, cuando se percibe la suma de un aura sombría. En cuanto al plano formal, no se distingue un pulseo entre figura y fondo que barroquice la imagen. Los fondos de Víctor Alexis cumplen su función de neutras escenografías que procuran abolir el cliché representacional de lo teatral. Tal parece que ilustran la noción enarbolada por Michel Foucault, quien estigmatizó el hecho dramático como “la indignidad de hablar por otro”.

Otro aspecto que brilla por su ausencia en la exhibición es el choteo, ese gran banalizador de los conflictos punzantes de una ínsula donde “hasta el muerto se va de rumba” –como quiso hacernos creer la narradora y folclorista Lydia Cabrera. Víctor Alexis ni siquiera aborda el humor negro de estirpe kafkiana. Ello lo separa de una tendencia hacia la jocosidad bastante socorrida en el arte hecho en Cuba durante las últimas décadas.

Esta muestra indaga en una tragedia que nunca desemboca en comedia. Por lo que estas imágenes sirven para que el espectador tenga la opción de alarmarse, para luego volver a sobresaltarse en el quiebre del sueño reparador. “No, las pesadillas no pasan” –parece susurrar el pintor entre dientes. Después del silencio convoca a recapitular en la confusión que somete a los atascados de la historia. Estos lienzos pueden incentivar  preguntas corales o individuales  sin hallar una respuesta precisa. Su inevitable propósito –como diría el vehemente Don Thompson- reside en aspirar a ser obras de rabiosa actualidad. 

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El grito contenido de Alexis Puig

Por: Virginia Alberdi Benítez

No todas nacieron ángeles, 130 x 150 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008
No todas nacieron ángeles, 130 x 150 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008

Los pintores tardíos, cuando tienen probado talento, queman etapas con asombrosa celeridad. Es como si en el menor tiempo posible quisieran decir todo lo que llevaban por largo tiempo guardado para sí. Ese es, en parte, el caso de Alexis Puig, un pintor autodidacta —aunque para nada ingenuo, más bien un inteligente asimilador de antiguos y modernos saberes académicos que un buen día se lanzó a fondo—, instalado en la galería del Centro Cultural Cinematográfico del ICAIC en una muestra curada por Píter Ortega.

Digo en parte porque pese a las dimensiones de las obras y la reciedumbre temática que las anima, Puig no se deja arrastrar por los excesos. Su pintura no es estridente en el tono ni en la ambición temática, aunque sí rotunda. Entre rostros y máscaras, de obvia progenie expresionista, dosifica la representación de estados de ánimo y gestos que transitan de la percepción individual a la trama social.

Por momentos puede recordarnos la carga dramática de una zona de la pintura latinoamericana que tuvo en el ecuatoriano Guayasamín a un cultor de excelencia (verbigracia, El cansancio), pero en otros esa intención se halla matizada por ecos remotos del lenguaje pop (La maldad y en mayor medida, Indiferencia). Se trata de influencias sabiamente asimiladas en tanto constituyen fuentes nutricias para la configuración de una huella pictórica personal, en la cual el mérito más sobresaliente es advertido por el espectador al descubrir cómo Puig domina el arte de la representación tanto como el de la sugerencia.

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