Irreverencias de la soledad

Por Héctor Antón Castillo

He aprendido a nadar en seco. Es mucho más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse, pues uno ya está en el fondo.

                                                                                     Virgilio Piñera

Tomorrow, acrílico en lienzo, 130 x 150 cm, año 2010
Tomorrow, acrílico en lienzo, 130 x 150 cm, año 2010

Los rostros del pintor autodidacta Víctor Alexis Puig recrean los “estados de ánimo” peculiares de una sociedad que avanza hacia renovadas incertidumbres en materia de certezas colectivas y quimeras individuales. Aquí la denuncia reprimida es el gran pretexto que impulsa la factura de lienzos en los que el uso del color resulta un artificio irónico.

Éste cromatismo de notable fuerza expresiva encierra un maniqueísmo vital: las coloridas apariencias de estos personajes “sin biografías ejemplares”, fracasan en el acto de encubrir vidas en blanco y negro que ignoran las trampas del maquillaje dotado para ocultar la esencia. Cualquiera diría que sufren el peor de los castigos: estar privados de simular una existencia destinada para fingir y olvidar. De cierta manera, se articula una pintura imposible de ser absuelta mediante el color y el virtuosismo de la pincelada.

Víctor Alexis es un artista de la actitud, donde las formas nunca llegan a suplantar el contenido emocional de una expresión regida por la impotencia. José Lezama Lima sostenía que “lo lúdico es lo agónico”. Este principio que intenta conciliar la risa y el llanto pierde sentido ante figuraciones replegadas a una alegoría de los contrastes sociales, donde el optimismo mediático de los ciudadanos satisfechos pretende enmascarar la desesperanza de una marginalidad desposeída de confort material y espiritual.  

Esta exhibición persigue “resucitar” a los habitantes de una ciudad simbólica, donde “la bondad de la brisa” acaricia sin reservas a los espantos del silencio.  Aunque de este bullicio sin voces sale a relucir un axioma que deja sin lugar a las palabras que faltan: “Entre el rostro y la máscara está la eternidad”. Solo que la eternidad resulta algo demasiado vasto para tanta angustia aprisionada en miserias existenciales.

La propuesta de Víctor Alexis vale más por cuanto calla que por cuanto otorga. ¿Qué calla? ¿Qué otorga? Nada menos que la nadahistoria vaticinada por Virgilio Piñera que permite a un hombre “vivir como un fantasma entre fantasmas que viven como hombres” –especie de homenaje velado al poema de Fayad Jamís El ahorcado del café Bonaparte. Moraleja: Nadie sabe callar como los muertos en vida.

Víctor Alexis huye del panfleto como epidemia fulminante y consigue librarse con éxito. Sabe que hasta las posturas más radicales pueden resultar tan urgentes o triviales para el espectador. En su manera de pintar la vida, el zorreo simbólico nunca sucumbe al ruido político. Llama la atención el hecho de prescindir de eso que otros fanáticos llaman “consignas emergentes” Y lo consigue aplicándole a la irreverencia un proceso de escamoteo hasta concederle una plenitud de soledades.

A nosotros nadie nos besó, óleo sobre lienzo 150 x 130 cm, año 2010
A nosotros nadie nos besó, óleo sobre lienzo 150 x 130 cm, año 2010

El compromiso por encima del no-compromiso es el soporte ético que respalda esta propuesta. Sin embargo, todo se resuelve en soluciones absurdas: la rebelión del artista se traduce en una galería de sujetos comunes que exhiben ingenuamente su capacidad de renuncia. La imposibilidad vital como detonante de variadas posibilidades pictóricas genera el afán por registrar las secuelas del “vaivén patológico” que aún sobrevive en Cuba. Los trazos y manchas de Víctor Alexis se fugan de la anécdota vulgar, para encarnar en cuadros-sintomas de una herejía que se conforma diluyéndose en una gestualidad casi abstracta.

Estos “actores sociales de reparto y sin glamour” explotan por dentro mientras se tornan vanos los esfuerzos por contener la implosión que ilustran sus rostros. Indiferencia. Vacilación. Perplejidad. Desasosiego. Se trata de una intencionalidad pictórica que prefiere ir a los extremos para marcar la diferencia. Todo para sugerir un repertorio de matices dudosos, pues reflejan un mismo sentimiento: arquetipos de la disfunción total.

Después del silencio responde a una contradicción implacable: afirmar negando y negar afirmando. Aunque el litigio conceptual aflora más allá de la superficie pictórica, cuando se percibe la suma de un aura sombría. En cuanto al plano formal, no se distingue un pulseo entre figura y fondo que barroquice la imagen. Los fondos de Víctor Alexis cumplen su función de neutras escenografías que procuran abolir el cliché representacional de lo teatral. Tal parece que ilustran la noción enarbolada por Michel Foucault, quien estigmatizó el hecho dramático como “la indignidad de hablar por otro”.

Otro aspecto que brilla por su ausencia en la exhibición es el choteo, ese gran banalizador de los conflictos punzantes de una ínsula donde “hasta el muerto se va de rumba” –como quiso hacernos creer la narradora y folclorista Lydia Cabrera. Víctor Alexis ni siquiera aborda el humor negro de estirpe kafkiana. Ello lo separa de una tendencia hacia la jocosidad bastante socorrida en el arte hecho en Cuba durante las últimas décadas.

Esta muestra indaga en una tragedia que nunca desemboca en comedia. Por lo que estas imágenes sirven para que el espectador tenga la opción de alarmarse, para luego volver a sobresaltarse en el quiebre del sueño reparador. “No, las pesadillas no pasan” –parece susurrar el pintor entre dientes. Después del silencio convoca a recapitular en la confusión que somete a los atascados de la historia. Estos lienzos pueden incentivar  preguntas corales o individuales  sin hallar una respuesta precisa. Su inevitable propósito –como diría el vehemente Don Thompson- reside en aspirar a ser obras de rabiosa actualidad.