Legados emocionales de Alexis Puig

Por: Jorge Rivas Rodríguez

La dignidad, 150 x 115 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008.
La dignidad, 150 x 115 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008.

Para interpretar con justeza las creaciones del novel pintor autodidacto Alexis Puig (La Habana, 1966), parte de la cual actualmente se encuentra expuesta en la galería Fresa y Chocolate, debe tenerse en cuenta, ante todo, que el arte es un concepto abstracto, fruto de la conciencia del ser humano, de su obra y de la naturaleza; y cada individuo lo interpreta según su propio sistema de valores, sus vivencias personales y el conocimiento del lenguaje codificado en las pinturas.
Vale recordar que no existe una noción de arte universal, ni un lenguaje universal del arte. Tampoco es extraño “llegar” al arte en una edad “muy temprana” o durante la “adultez madura”; simplemente “se llega” en un momento determinado de la vida, cuando la necesidad espiritual así lo determina y cuando el ejercicio pictográfico es intencional, es decir, se convierte en estructura dinámica que necesita de la interacción activa con el observador.
En los últimos tres años —hasta entonces practicaba la ingeniería en radiocomunicaciones de naves aéreas—, Puig ha concebido una extensa iconografía que prontamente ha interesado a galeristas, críticos y aficionados de la Isla y de otros países. Esa atención seguramente la ha alcanzado por su libertad absoluta en la acción plástica, la cual consuma “a su mejor manera”, con determinada indiferencia por “lo que piensan los demás” y sin engolamiento o pedantería.

Sus cuadros, generalmente de grandes y medianos formatos, están realizados de manera voraz, en un brevísimo tiempo, como si sobre el lienzo febrilmente se concentraran todos sus sentidos y sensibilidad espiritual.
El poder de síntesis en estos trabajos permite comprender inmediatamente la percepción del pintor sobre determinados problemas y características sociales, narrados mediante líneas, colores —generalmente puros y cálidos—, manchas y sugestivos chorreados de acrílicos; técnica asumida con concluyente preferencia por lo grotesco del dibujo, por lo exótico del pigmento y por la crudeza del mensaje —en ocasiones polémico y atrevido—, aunque sin caer ni en lo morboso ni en lo agrio.
En A plena voz; título de la muestra; Puig nos atrapa con su estilo subjetivo, fuertemente expresivo y minimal, resumen pictográfico de la naturaleza y de su entorno vital, cuya energía plástica roza lo caricaturesco e irónico. Como haz temático primario, este pintor se introduce en la fisiognomía — estudio del carácter a través de la fisonomía personal—; para fundar una pintura con marcado sentido lúdico que induce a reflexionar sobre conductas y manifestaciones del hombre —virtuosas o deplorables— mediante la recreación de la apariencia o gestualidad de los rostros dibujados libremente para llevar su alegato más allá de lo representable.

Pieza, titulada Amores de verano (140 x 190 cm). Se trata de un acrílico, sobre lienzo (2008) que acaba de ser seleccionada para participar en el 4to. Concurso de Pintura y Escultura Figurativas, de Barcelona, España.
Pieza, titulada Amores de verano (140 x 190 cm). Se trata de un acrílico, sobre lienzo (2008) que acaba de ser seleccionada para participar en el 4to. Concurso de Pintura y Escultura Figurativas, de Barcelona, España.

Tales presupuestos confieren a estos cuadros un sentido más bien teatral. Las caras concebidas por el artista cobran sentido en la interacción psíquica entre él y el acto mismo de pintar. De ahí la firmeza expresiva de estas obras que, en primerísimo lugar, proporcionan una apariencia puramente óptica, efectista, sobre temas que transitan desde La maldad, La duda, La indiferencia, El cansancio, La Resignación, La Impotencia —entre otros, igualmente identificables en algunos de los títulos—. El ejercicio plástico se transmuta en vehículo de reconocimiento, denuncia y transformación humanas.

En estas piezas existe sencillez máxima. Los rostros miméticos expuestos por Puig se corresponden con personajes bien pensados, diseñados sobre la base de auténticos valores de nuestras cultura e idiosincrasia, al punto de erigirse asimismo en rico y diáfano tratado crítico sobre la psicología de la sociedad cubana de este tiempo. Las fisionomías atrapadas en los cuadros parecen dar sacudidas instantáneas, nobles, sagaces o violentas en una concepción estética que, en última instancia, subyuga lo contemplativo del arte para instituirse en llamado de alerta.
En esa intención son preponderantes la estructuración de las superficies enfáticas y la estilización de las figuraciones —con predominio de las formas planas, voluptuosas y excesivas— de las cuales emergen seres aprisionados en los lienzos para reflejar, además, el deseo del artífice de estar “presente” en cada uno de sus juicios, en los que también “invita” al espectador a introducirse mediante la pureza de los fondos blancos, incorruptibles, donde nos deja espacio para estar muy cerca de la historia narrada por cada uno de sus personajes, en la cual de alguna manera estamos involucrados.
Como en el resto de las iconografías de este creador —muchas de ellas pudimos disfrutarlas en su estudio de Fontanar— en A plena voz hay encantamiento, misticismo y repulsión. Resumen de la vida misma realizado en un lenguaje también simbólico, en el que se entretejen imágenes de carácter armonioso y demoníaco, seductor o frívolo, dramático o apasionado, noble o perverso; convenidos en sólidos conjuntos compositivos que igualmente denotan el paso del aún incipiente pintor por los caminos de la experimentación, la confrontación y la búsqueda de auténticos códigos estilísticos.
En ese desempeño igualmente se observan válidas incursiones por el expresionismo figurativo y la abstracción.
En plena madurez intelectual y física, Puig apostó por un ejercicio de inspiración dentro del complicado universo de la creación plástica. Sus trabajos, en los que también se distingue un comprometido sentido del humor, poseen extraordinaria riqueza espiritual y ética. Son como legados emocionales, o más bien fidedignos exponentes de la necesidad de representar emociones acumuladas, adormecidas durante muchos años dentro de este hombre-artista que se decidió a liberar su gran tensión intrínseca.