Nosferatu y el Doctor Calighari se dan una vueltecita

Por: Arlén Llanio

Sin Palabras, 150 x 90 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008
Sin Palabras, 150 x 90 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008

Mi madre respondió que no le gustaban las pinturas. Yo, siendo justa con el léxico de una carrera que me condena a estructurar sujeto y predicado, sustantivo y adjetivo, sustantivo, adjetivo, adjetivo, adjetivo, quise ser lo más clara posible.

Sin ánimos de extender esta sinrazón madre incomprensiva-hija intelectualmente preparada confieso que el responsable de mi “diálogo” fue Víctor Alexis Puig. Aunque si me pongo  ilustrada pudiera culpar a los alemanes y su neoexpresionismo de avanzada. Solo la cultura  de Nosferatu y el Doctor Caligarhi pudo  engendrar una figuración que el fogaje y lo maravillosamente real del tercer mundo suele tildar de triste y fea. A Baselitz, Penck, Immendorff y otros, el expresionismo de principios de siglo les estaba demasiado metido en sangre como para no reformarlo en esa pintura gestual bestialmente conmovedora.

Unos cuantos no fuimos al rincón el 17 de diciembre. A plena voz fue la exposición que ese día –y contemos un mes más–, ofreció la Galería del Centro Cultural Cinematográfico ICAIC con curaduría de Piter Ortega. Alexis Puig es autodidacta, y este dato que para muchos puede resultar un gancho de “presentación ante sociedad” es, en la práctica, un elemento a tener en cuenta dado la masividad artística de nuestra Isla, o más bien de la capital, donde la guerra es dura en materia de posicionamientos.

Una carrera de solo tres años y 42 vividos. De ingeniero en radiocomunicación de naves aéreas aterrizó como dealer en el mundo del arte para definitivamente intervenir en el oficio pictórico. A plena voz constituye algo así como el arranque, el primer impulso en busca de la palabra reating de  nuestras  listas de éxito: legitimación.

Víctor Alexis ha llegado cuando la pluralidad creadora del patio se hace peculiar. Aún con baches y algún que otro discurso trasnochado, no se puede negar que la producción simbólica contemporánea va apostando cada vez más por una ampliación conceptual donde el referente político y la crítica social reestructuran sus enfoques. Sin pretensiones de validar todo aquello que se aleje de reiteraciones contextuales, no es menos cierto que un lenguaje “internacional”, abierto a referentes que no hurgan directamente en las huellas de la historia del arte cubano, refresca, se agradece.

Una mirada a los lienzos de este artista hace evidente el descubrimiento de dos maneras: el aprovechamiento de la fuerza visual de rostros, que a manera de máscaras se bastan solos para sostenerse (El necioDesvelado; Prohibido), y la anexión  de algún que otro atributo corporal para complementar una infinidad de gestos (Mala lecheA plena voz; Sin palabras, Tiempo de silencio).

Ya sea cubriendo la boca en ademán de silenciar o a ambos lados de la cara delatando asombro, las manos de estas figuras parecen competir con la expresividad de una fisonomía que tiende a la revelación de ciertas maldades y padecimientos humanos.

Sabemos que un rostro puede ser el claro reflejo de subjetividades, lo que a veces nos cuesta percatarnos es que para ello es necesario una especie de congelamiento, un stop que nos asegura la malsanidad o la bondad, la incapacidad o la inteligencia. La vida va enseñando a percatarnos de ello, pero las acciones ayudan, nos alertan con rapidez.

En la realidad artística no sucede así, de la mayor o menor genialidad del creador depende que ese stop sea eficaz. Por tanto, omitir ojos y desdibujar facciones puede ser un riesgo para una acertada creación gestual. Desvelado y El necio se burlan de esta norma y en la aparente pasividad que la oquedad construye, se enmienda esa posible carencia.

Como los rostros de la surafricana Marlene Dumas, Víctor Alexis retira los fondos para registrar emociones, mientras la solidez de la paleta, donde se afianzan los naranjas, se hace aliada de unos lienzos que no acuden a la gigantez en busca de impresiones superficiales en el receptor.  Sin rebuscamientos en los títulos, el autor aboga por una especie de literalidad ajustando cada cuadro a la medida de su expresión.

Casi puede asegurarse que la pintura es, de todas las manifestaciones, la que más se regodea en la autorreferencialidad. Cuando se pensó que ya no daba para más, comenzó no solo a proponer nuevas áreas y formas, sino que detonó su propio reciclaje mediante la apropiación de motivos de la historia artística. Si bien Víctor Alexis se aleja de la resemantización de referentes, un ligero guiño-guayasamín puede especularse de Mala leche y Sin palabras, una cita interesante validada desde la yuxtaposición contemporánea de estilos y representaciones. Mala leche se “separa” del conjunto de piezas al mostrar una visualidad muy peculiar dada su conexión directa al viso artístico.

Sin recurrir a la parodia, los intertextos, el humor, Puig apunta desde una figuración que poco le debe a la tradición pictórica cubana. El trópico no entra ni por los colores, aunque el contexto puede estar… siempre que se quiera ver, el contexto está, si no en la pieza, en la lectura de la misma. Quien me niega que esos rostros que destilan pesadumbre, duda, indiferencia, no puedan verse desde una mirada circunstancial de la Isla, sus padecimientos, el cansancio de la realidad, la decadencia de valores humanos. Más de lo mismo, que no pega, que no va.

A estas alturas hasta me parece que lo del neoexpresionismo alemán está de más, esa nueva expresividad artística, su dramatismo pictórico, fue solo una puerta de tantas que se abrieron para el arte. De hecho se abrió tanto el camino que es capaz de convivir la complacencia con la herejía. Somos afortunados de la pluralidad, siempre y cuando mantengamos cierto recelo, o más bien cierta mirada crítica, agudamente intelectual, como diría mi madre. A plena voz propone que hablemos serio. Por desgracia el calor sofocante nos hace burlarnos del idioma alemán, pero yo sé que ella va a entender. Es solo cuestión de sujeto-predicado; sustantivo, adjetivo, adjetivo, adjetivo…