Otras prácticas del abandono

Cicerón: El silencio es la mayor elocuencia.

Por: Héctor Antón Castillo

A plena voz, acrílico sobre lienzo, 130 x 150 cm, año 2008
A plena voz, acrílico sobre lienzo, 130 x 150 cm, año 2008

Uno de los rasgos distintivos del panorama visual cubano en la última centuria reside en que los artistas maduran temprano. Es increíble la habilidad manipuladora que caracteriza a jóvenes alpinistas con los pies bien puestos sobre la tierra. Lo que requiere la urgencia de comenzar a tiempo para luego intentar hacerse visible en la jungla de “coartadas sin escrúpulos” que es el arte contemporáneo. Otro aspecto decisivo es la influencia de la enseñanza artística. ¿Quién podría negar el legado vigente del ISAcentrismo impugnado décadas atrás por Tonel como un nocivo prejuicio contra todo lo que exceda el marco académico? Moraleja: aunque te consagres a pintar monos sin acrílico, lienzo y pincel, sería preferible estar en una escuela de arte soportando una tediosa clase de filosofía marxista-leninista antes que vagar por la calle soñando con Basquiat metido en un latón de basura y una novela de George Orwell bajo el brazo.

Contra la postura radical de que el arte no se enseña aunque pueda aprenderse, persiste otra evidencia: las escuelas de arte de la ínsula poseen la virtud de brindarle a los vivos la malicia de articular una metodología de producción visual y una estrategia. Dichas herramientas resultan necesarias para asechar el mainstream hegemónico desde la periferia.

Víctor Alexis Puig (La Habana, 1966) es un caso atípico en este sentido. Llegó tarde a la pintura, brincó por encima del Instituto Superior de Arte y quizás nunca se haya leído uno de esos contenidos imprescindibles para llegar a ser un reconocido artista contemporáneo. Su imaginario se configura a partir de una transición inevitable: ese momento en que los obstáculos del camino detienen nuestra marcha y nos indican una pausa como sinónimo de cambio. Desde ese instante en que se le reveló su auténtica vocación, el Ingeniero en Radiocomunicación de Naves Aéreas empezó a pintar sin un gurú que le iluminara la senda propicia. No por otra razón sus lienzos plasman el saldo de una experiencia humana donde las sofisticadas poses intelectuales brillan por su ausencia. Después del silencio como ejercicio de saludable abandono, Víctor Alexis emprendió la también callada tarea de ilustrarlo en formas y colores matizados por una contención agónica. A pesar de tanta vigilia y castigo silente, la mortificación que emana de sus equívocos morales irrita por cuanto se esconde tras los bastidores de la denuncia.

A plena voz (dic 2008-enero 2009) es su más reciente muestra personal exhibida en el Centro Cultural Cinematográfico ICAIC. Este título paradójicamente enfático sirvió para aglutinar una serie de rostros incapaces de asumir el riesgo de afirmar nada. Un hombre que grita hasta romperse la garganta sin percibir el eco de la célebre imagen de Edvard Munch. El hablador con rasgos humanoides que trueca las muecas en palabras sin remordimientos de conciencia. Tres mujeres con el dedo índice a la altura de los labios señalando el momento justo de tragarse las palabras. Un calvo sin un pelo de tonto suspendido en el espacio pictórico como una fantasmagoría inútil.

Otra vez la impotencia como arquetipos contextualmente alegóricos: la necedad y lo prohibido, el cansancio y la duda, el coro virtual de la indiferencia y la resignación como hecho consumado. Tantos lugares comunes en el desvarío psicosocial contemporáneo logran esquivar la impostura conceptual mediante un vigoroso ardid: potenciar la sensación por encima de la idea. Porque las ideas recreadas por Víctor Alexis se presentan como “estados de ánimo” dictados por el afán de racionalizar intuiciones premeditadamente cínicas, valiéndose del color como recurso que genera la ironía formal.

La subjetividad emocional es uno de los hallazgos en la figuración expresionista de Víctor Alexis. Su pintura nunca celebra el triunfo arrollador de los clásicos. Esa “humilde soberbia” implícita en sus imágenes consiguen marcar una distancia de ese eurocentrismo tropicalizado que raras veces deviene una apropiación orgánica. Evasivos en apariencia, los lienzos de A plena voz contienen la esencia de un trasfondo social dramático. Claro que hay mucha tristeza en estos rostros sin brazos ni piernas dispuestos a fulminar la prolongación de la inercia. Una tristeza casi melancólica que, por momentos, evoca la tragedia costumbrista crucial en el expresionismo picaresco de Pedro Pablo Oliva.

No todas nacieron ángeles (2008) sintetiza el vacío identitario del fracaso. ¿Quién será esta mujer con la cabeza recostada a un mechón de cabello que le acaricia un lado del cuello? ¿Una mediocre cantante pop, una matahari o una pobre diabla cansada de rentar un cuerpo sin alma? Ya lo advertíamos: aquí no importa reconocer la individualidad del sujeto. ¿Acaso merecen ser identificados con nombre y apellido ciertos egomaníacos del mundillo artístico que postulan reclamos éticos desde una paranoica desfachatez? Las mascaradas de la exhibición comentada ilustran esas dos caras de una misma moneda que se reimprime a sí misma.

El despliegue hierático de Víctor Alexis Puig consiste en practicar el abandono desde un oficio capaz de llenar la soledad del recogimiento como la pintura. Parafraseando a Michel Foucault, se traduciría en algo así como “Pintar para no morir”. Esta propuesta visual tiene la frescura de quien intuye una manera de armar y desarmar entuertos sin padecer el garrote de una impronta referencial. Lo cual implica revertir la orfandad académica en soplo vital. Pero su trayectoria aún es breve. Mientras, aguardamos por una futura reaparición que logre impactarnos como lo hizo A plena voz.