Rumbo a Fontanar

Rostros, desidia e impotencia. Sobre el universo agónico de la incertidumbre.

Por: Píter Ortega Núñez

Si, te vi, 150 x 125 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008
Si, te vi, 150 x 125 cm, acrílico sobre lienzo, año 2008

Querámoslo que no, el “mundillo” de la plástica (como del arte todo) funciona mucho a base de poses, de arribismos y frivolidades. Si no estás en la “farándula”, no existes, podríamos decir. Y “estar en la farándula” implica ser graduado de una escuela de arte; poseer un curriculum considerable (el cual se puede inflar de una manera asombrosa, eso lo sabemos); tener textos que comenten tu obra enArtecubanoLa Gaceta de CubaRevolución y CulturaArt Nexus, etc., firmados además por críticos de alto nivel y prestigio; ser un artista mediático, con una fuerte presencia en la televisión local; poseer un representante que mueva tu obra con audacia; exponer en Galería Habana o en alguna de las galerías de Génesis… A veces se tiene todo ello y, aunque escasee el talento, el éxito y la fama llegan rápido, sin grandes dificultades. De modo que para triunfar suele ser más efectiva la astucia que la calidad artística. Un creador con una producción valiosa, pero sin las “garras” suficientes para la promoción de su obra, tiene un 80 % de probabilidades de permanecer en el olvido, en el más recio ostracismo. Es una realidad dura pero palpable, constatable en el día a día.

En medio de tales circunstancias, ser autodidacta representa un obstáculo serio. Más aún si se tiene 42 años de edad, y se comenzó a pintar a los 39. Frente a un caso así las sospechas y reticencias del gremio se disparan. Una rara avis, sería la definición más apropiada. ¿Por qué lanzarse a la plástica tan tarde?, la pregunta más recurrente. Justamente eso sucede con el creador que nos ocupa, Víctor Alexis Puig López (La Habana, 1966), Ingeniero en Radiocomunicación de Naves Aéreas devenido pintor a partir del año 2005.

Debo confesar que cuando no había visto ni una sola pieza del artista, y ni siquiera sabía quién era él, me sentí un poco incómodo ante la petición: “¿Píter Ortega?…, mucho gusto, yo soy Víctor Alexis, artista plástico, me han gustado mucho las exposiciones que usted ha curado, y también he leído textos suyos muy interesantes; me gustaría que pasara por mi casa para que le eche un vistazo a mis cuadros”. Honestamente accedí por cortesía, pero con la certeza de que lo que observaría era pura “candonga”. Los críticos solemos ser bastante arrogantes, es la verdad. La egolatría es el mayor defecto de nuestra profesión. Creemos que lo dominamos todo, y cuando escuchamos un nombre nuevo, que no nos resulta familiar al oído, viendo además que se trata de un “temba”, no de un estudiante o un jovencito recién graduado, decimos “¡qué va, si con esa edad yo no lo conozco es porque no tiene una obra relevante!”. Así pensé, ciertamente. Así fui de presuntuoso. Iba en el auto del artista rumbo a Fontanar –su lugar de residencia– sin hablar una palabra, pensando: “qué basura me irá a enseñar este tipo”, “¡ir tan lejos a perder el tiempo!”…

Él, inteligentemente –tal vez porque me leía el pensamiento–, no emitió un solo comentario sobre su pintura; dejó que me enfrentara a sus cuadros sin prejuiciarme con acotaciones al respecto. Al observar el primer lienzo quedé atónito. No tengo palabras para expresar el asombro tan grande que experimenté en ese instante. Cuando esperaba toparme con un par de paisajitos “viñaleros”, melosos, me encuentro con un expresionismo súper agresivo, osado, una pintura muy irreverente, por la misma cuerda de Bla, bla, bla –la expo colectiva que curé en la galería Servando en agosto y septiembre pasados. Trabajos de una pincelada fresca, antiacadémica, con una soltura y espontaneidad impresionantes, y un uso muy libre del color. Formatos grandes, también. Rápidamente me dije: “a este tengo que hacerle una exposición por lo alto, que `suene´ en toda La Habana; y modestia, ¡apártate!”. Nada, que enseguida cambié la perspectiva, y lo que quería entonces era ganarme los puntos del “descubridor”, del que lanzó una figura novel, etc.

La expo

A plena voz es una exposición que nos habla de la incomunicación humana, de la paranoia y la angustia de un sujeto que se sabe a la deriva, extraviado, sin un sistema de referencia fijo, sin un porqué y un para qué que dignifiquen su existencia. Individuos enajenados. Psiquis desarraigadas. Se trata en todos los casos de rostros –en primeros planos– que delatan desidia, abulia, una insatisfacción insalvable. Son seres consternados, que lloran, que sufren de impotencia, que arrojan gritos de desesperación y ansiedad. Seres que dudan de sí mismos, del amor, del privilegio de una rosa. Que habitan el universo agónico de la incertidumbre, de la fluctuación. Miradas que exhalan desconfianza, agotamiento, temor. Una terrible lasitud invade los rostros. En algunos casos, como en “Desvelado”, la mirada es hueca, vacía; al igual que en los lienzos de Modigliani, aquí los ojos no existen, han sido suprimidos. Otras obras versan sobre la falsedad de una oratoria afectada, colmada de dobleces (“El hablantín”); la imposición de una escucha no deseada (“Prohibido”); la indiferencia y la necedad en tanto sentimientos humanos que laceran, que vulneran el pensamiento; o bien sobre la pertinencia del silencio, en tiempos en que la voz del Otro tiende a ser irrespetada, desconocida, no dejando margen a las diferencias, al diálogo que disiente. Para reflejar dichas situaciones y conflictos con mayor claridad, el artista se vale de la desproporción como recurso expresivo: los personajes representados son sometidos a una distorsión física que acentúa la deshumanización que los distingue.

Sin duda la mejor obra de la muestra es aquella titulada “Sí, te vi” (Estoy siendo categórico, lo sé. Siempre lo soy, ese es mi fatum, pero también mi mayor hobby. ¿Qué es la crítica si no un hobby?). Es la pieza más sintética, minimalista se pudiera agregar, la que ostenta mayor economía de recursos, con el fondo completamente plano, neutro, y la figura semiesbozada, inconclusa. Y ya he dicho en varias ocasiones que el “barroquismo” y el abigarramiento son los peores enemigos de la plástica –es la verdad de Perogrullo, está claro, pero en nuestro contexto hay que repetirlo cien veces, mil, todas las que sean necesarias, a ver si nuestros artistas acaban de entenderlo. Así es que, cada vez que me encuentro con obras tan depuradas, las celebro con mucha fuerza, con el entusiasmo que merecen.

Pero las virtudes de “Sí, te vi” no se quedan en el plano formal; conceptualmente es una propuesta aguda, de una sutileza de significados deliciosa. ¿De qué va esa mirada penetrante, inquisidora, turbia, que me hace pensar en “El síndrome de la sospecha” de Lázaro Saavedra? ¿Qué nos dicen esos ojos castradores, esos dedos sobre el rostro? Quizás nos recuerdan la vigencia del panóptico foucaultiano, del vigilar y castigar. Puede que metaforicen ciertos mecanismos de control y dominación intersubjetivos, ciertas relaciones de poder. Solo que es una obra demasiado buena como para dejarse atrapar en una sola lectura. Se me antoja tan polisémica que prefiero dejarlo aquí.

Lo cubano

Hace unas semanas, en uno de los tan provechosos “Inventarios” de la Fundación Ludwig de Cuba, alguien interrogaba al joven pintor Alejandro Campins por “lo cubano” en su obra, a lo que este respondió que puede que no esté visible, pero que eso ni siquiera le preocupa, que él trabaja y punto, el resto le trasciende. Si me preguntaran lo mismo en relación con la obra de Víctor Alexis Puig, también respondería que me importa poco o nada si está o no “lo cubano” en sus telas. De hecho, me atrevería a afirmar que en ellas no hay marcas explícitas de “cubanía”, y eso me parece muy saludable (enseguida me explico, para que no me malinterpreten). Si algo tienen en común Víctor Alexis, Campins y otros jóvenes pintores del patio, es que sus propuestas se apartan de todo estereotipo en relación con el fenómeno de la identidad nacional y su representación en el arte. Ellos se resisten a aceptar que lo local pueda reducirse a una palma real, una mulata bembona y una guayabera. Saben que la identidad es un factor absolutamente inasible, voluble, históricamente cambiante, sujeto a una mutabilidad perpetua, imposible de encasillar en lugares comunes. Especialmente en los tiempos actuales, donde impera el llamado “ciberespacio”, un espacio global / virtual en el que se han transnacionalizado las prácticas culturales, al punto que el concepto mismo de “nación” ha caído en crisis. A fin de cuentas, ¿quién es capaz de definir con exactitud “lo cubano”?. El crítico Gerardo Mosquera ha comentado –con la lucidez que lo caracteriza– que la identidad no es un estado al cual se arriba (no se llega a ella), sino que se trabaja desde esta. En otros términos, no se fabrica “identidad”, esta aflora de manera natural, orgánica. Toda vez que usted es cubano, todo aquello cuanto pinte, esculpa, etc. estará insuflado de preocupaciones identitarias, lo quiera o no. Pero ese es un efecto a posteriori, que no se puede pretender. Víctor Alexis ha comprendido muy bien esto. Sus cuadros pueden parecer muy “europeizados”, “extranjerizantes”, pero son bien cubanos. Y lo son sobre todo porque no se parecen a nada de la pintura insular de este instante. Lo son en la medida en que Cuba, en los albores del siglo XXI, es mucho más que un archipiélago cerrado sobre sí mismo: forma parte de un Occidente que se mundializa a un ritmo prodigioso.